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miércoles, 10 de enero de 2007

¿Por qué no el silencio?

El silencio ha servido muchas veces (incluso hasta el cliché) para representar la imposilibilidad de la palabra, para señalar aquel punto del camino en que el lenguaje y la experiencia se separan irremediablemente. El nos revela impotentes, nada es capaz de remediar el aislamiento insalvable a que nos somete, esa división mortal que nos hace esencialmente seres solitarios.

Somos hijos del abandono. Porque las palabras no son bastantes, su realidad, la única posible de vivir en comunión, no es más que un espejismo. Estamos solos y persistir en el deseo del otro es un absurdo que, sin embargo, debemos vivir y defender.

Cabe preguntarse ¿por qué no el silencio? ¿por que insistir en callar con palabras aquello que no se apaga sino con la muerte?

El silencio nos conmina a no decir nada más, a mirar nuestros gestos y encontrar en su inutilidad aquella belleza tan propia de las ofrendas y sacrificios. Es entender que con palabras nada se cura, tan solo se adormece.

El mito dice que Dios creo el mundo a través de las palabras. ¿Por qué no el silencio? Quizá no haya mejor sustituto de la muerte para huir de él.

lunes, 9 de mayo de 2005

El arte de la frustración

(Escuchando el disco “The Sullen Sulcus” de la banda irlandesa Mourning Beloveth)

La búsqueda de lo Absoluto está destinada al fracaso. Como presintiendo la caída final, la expulsión del paraíso de los sueños, la anticipación del dolor empieza a hacer mella en sus náufragos. Y ante el declive final la solitaria muerte de lo vano se acompaña de los acordes negros del exilio. Luego, otra vez el precipicio y el ineluctable suicidio.
El desconsuelo es capaz incluso de volcarnos éticamente hacía su consagración. El consuelo puede volverse nuestra única regla válida y ante él somos capaces de vergonzosas abdicaciones. La mas terrible: la de la náusea del navegante inexperto, del marino de los ángulos torcidos y las brújulas quebradas, con un astrolabio sonriente esperando no orientar.

martes, 18 de enero de 2005

Hoy no quiero estar conmigo

"Oh, Dios del Desconsuelo, soy tu voz en estas tierras. Color, fulgor de tempestades en irrisorios desencuentros que ahogan su dulzor en las tibia saliva de un amor. Ella, la tierna llaga que pervierte mi sonrisa, se acurruca en el altar, y mis manos indignas la acarician y atormentan. Ella, como un tambor clamando el desvelo de un demonio escondido, toca a mi puerta y rie para verme llorar. Sus senos apuntan a mi cuerpo, sus ojos a mis labios y sus pies a los míos. Estoy muerto ¿ de estos huesos podré armar algún hombre? ¿ de esta carne verde podré moldear un corazón? Necesito serlo, hoy, por un instante, y olvidarme. Hoy no quiero estar conmigo. Deseo perderme en sus heridas, en sus lánguidas columnas que me elevarán nuevamente a ti, en medio de plegarias tejidas de gemidos, sangre y abandono"