Mostrando las entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 9 de julio de 2008

Desde el vacío

Mira. Antes aquí no había nada. Tan sólo la ausencia, ni siquiera eso... Hasta que fui, tomé unos instantes, dibuje en el espacio blanco unas rojas palabras... y fuiste. Por fin, ante mi, ideal, dulzura sin recuerdo ni esperanza, atada a mis dedos aún. Y te miré sin miedo, como el espejo me mira en las mañanas, aún después de la pesadilla, y no eras ni más ni menos que una parte de mi. Me fijé entonces en aquello que nos unía, esa tímida membrana que el fragor del viento amenazaba separarnos, y pensé noches enteras en si era capaz de romperla. Una noche, por fin, te miré a los ojos: bastaron unas cuantas palabras para entendernos. Tomé esta hoja en blanco y fuiste plena. Entonces comprendí la dureza del sacrificio: para abrazarte requería apartarte de mi. A la luz de la luna no sobraron caricias, la luz crepuscular bañó tu cuerpo en agonía. Pero la tragedia nos sujetaba también a sus leyes.

Llegó entonces el momento temido: al amanecer de un día desierto, apenas comenzado el sueño, partiste, sin decir palabra, mientras yo aún no pensaba en despertar, y me abandonaste.

Sólo dejaste junto a mi, el sabor que te recuerda, y esta hoja en blanco que todavía trato de llenar.

martes, 12 de febrero de 2008

Bebe tu sangre

El viejo despertó justo cuando las nubes dejaron al descubierto la inmensa luna llena que se posaba sobre él. Su luz lo cegaba, sólo permitiéndole acariciar en ese instante la imagen de su hijo.

La primera vez que lo tuvo en sus brazos, ya temía las terribles consecuencias de haber cumplido su deseo de ser padre. Su abuela le había dicho:

- Apenas nazca debes matar a esa criatura. Tu sabes que muchos niños de esta tierra son engendrados por demonios. ¡Y ese hijo no es tuyo, lo sé!

Él se negó a creer en sus augurios. Sin embargo, pronto el mal llegaría a su hogar: su mujer murió al año de nacida la criatura. Una extraña enfermedad había absorbido repentinamente sus energías. Ya desde antes de quedar embarazada sufría desconcertantes delirios y en ocasiones la encontraba desmayada en el bosque cercano a su casa.

Solo crió a su hijo. A las dificultades de la soledad se sumó el lastre amargo de la pobreza, que impidió al niño estudiar y obligó a incorporarlo tempranamente en las labores agrícolas. A ellas juntos se dedicaron, hasta que en la adolescencia las amistades con delincuentes del lugar convirtieron a su hijo en un verdadero cuatrero. La adultez no cambió su situación, desapareciéndose por días del hogar por sus correrías, pese a los reparos paternos.

En cierta ocasión, una curandera del lugar se acercó hasta su humilde casa. Era una anciana conocida por sus curas milagrosas.

- Usted lo que debe hacer es pedirle a un brujo que le ayude. Su hijo fue obligado a beber sangre humana y por eso sirve a uno de ellos. Sólo los brujos tienen el poder suficiente para esclavizar o liberar de ese mal.

El viejo aceptó la oscura sugerencia de la curandera. En su desesperación había hecho todo lo posible por encontrar a su hijo, a quien no veía hace semanas, incluso recorrió toda la agreste zona sin lograr hallar su escondite. Lo quería tanto que la tímida esperanza de recuperarlo que abría esa propuesta fue capaz de doblegar su voluntad a favor de ella.

La luna llena era signo de que debía reunirse con la curandera en un cerro cercano, como ella se lo señaló. Al llegar ahí estaba esperándolo, y le dijo:

- Ven, debo vendarte los ojos para llevarte hasta él. Vive en una cueva y saldrá para encontrarse con nosotros. Así no recordarás el camino que lleva a su escondite ni sufrirás viendo su rostro.¡Es horrible!.

Vendado, sólo sintió como lo conducía hacia las faldas del cerro y luego al tupido bosque que lo circundaba.

- Detente, llegamos. Está frente a nosotros.

El viento fresco que soplaba esa noche de verano pareció volverse gélido. El viejo comenzó a temblar mientras escuchaba como la curandera conversaba con el brujo en un idioma que no entendía. Las risas que a ratos surgía de esa conversación lo pasmaban. Temía un desenlace funesto.

Terminada la conversación, el brujo le preguntó al viejo:

- ¿Por qué deseas salvarlo?

- Porque es mi hijo, mi único hijo, mi propia sangre. Se lo pido ¡ayúdeme!

El brujo lanzó unas carcajadas escalofriantes que se expandieron por todo el bosque como ecos quejumbrosos. El viejo estuvo a punto de desfallecer.

- Bueno cumpliré tu deseo. Pero tu deberás saciar los míos: durante tres meses dejarás un cordero en un claro del bosque que la curandera te indicará. En el centro del claro hay una gran piedra, donde cada atardecer anterior a luna llena deberás dejar tu ofrenda. Desde ya cumpliré mi parte del trato, pero no perdonaré tu deslealtad.

El viejo volvió a su casa al amanecer sumido en el miedo. Sin embargo, al entrar en ella vio a su hijo que lo esperaba. Llorando lo abrazó y besó.

- ¡Hijo, mi único hijo. No me vuelvas a abandonar - le dijo emocionado.

Los dos meses siguientes fueron los más felices de su vida. Lo tenía en casa y muy cambiado, tanto que compartió gustoso con él las labores del campo.

Pero pronto vendría el desastre. Un extraño incendio consumió gran parte de su pequeño predio arrasando con sus sembradíos, sólo salvándose su casa; su ganado pereció de un enfermedad desconocida. Y lo peor de todo: su hijo desapareció justo faltando un día para aquél en que debía llevar el último cordero. Sin nada después de todo lo ocurrido, no podía cumplir con ese compromiso.

Al día siguiente vio una veintena de hombres que se acercaban a sus terrenos desolados. Traían a su hijo atado fuertemente de las manos por un lazo. Se notaba que había sido golpeado. Le gritaron al viejo:

-¡Mataremos a tu hijo!

Lo acusaban de una feroz matanza ocurrida en la mañana en la parroquia cercana. La gente venía dispuesta a hacerse justicia por sus propias manos.

El viejo asomado a la puerta de la casa vio con vida a su hijo por última vez. No fue capaz de nada, ni siquiera de suplicar por él. Sólo las lágrimas revelaban su dolor. No respondió a los gritos e insultos de la gente. Ante su pasividad, el hijo lleno de odio le escupió el rostro. Los campesinos entonces lo llevaron al árbol más cercano y lo ahorcaron.

Cuando los campesinos se fueron, el viejo se acercó hasta el árbol. Entre lamentos bajó el cadáver y lo depositó en un carretón, dispuesto a llevarlo al cementerio que estaba a una legua de ahí.

Anochecía cuando llegó al cementerio. Pero su sorpresa fue inmensa al asomarse al carretón que tenía a sus espaldas y al que no se había vuelto conduciendo apresuradamente el caballo: el cuerpo no estaba, y una cabeza de cordero ocupaba su lugar. El anciano soltó al caballo de la carreta y se montó en él, huyendo despavorido por el bosque. Pero la tragedia no lo abandonaba: el caballo al bajar una pequeña quebrada frenó violentamente y el jinete se cayó y azotó contra el suelo, quedando inconsciente.

Y ahora yacía despierto, en ese claro del bosque sobre la gran piedra colocada en el centro. Tendido de espaldas, sus brazos y piernas caían inertes sobre la roca y sus ojos eran consumidos por la luz de la luna. Fijo en el astro, no se inmutó cuando dos sombras comenzaron a rodearlo y sus risas parecían burlarse de él. Una voz le susurró:

- ¿Así que él era tu propia sangre? ¡Ja! Nadie se burla de un brujo. El era mi esclavo y ¡mi hijo!. Pero como dices que era tu propia sangre te la doy, es tuya.

Y el brujo elevó un recipiente sobre la cabeza del viejo y vertió el líquido sobre su rostro.

-Bebe, bebe tu sangre, y ahora me servirás tú.¡Maldito!

Su risa se propagó por todo el bosque iluminado por la luna llena, mientras la sangre invadía el cuerpo del viejo, cuya vida huía vanamente hacia aquella imagen querida, que se esfumaba junto a su libertad.

sábado, 7 de abril de 2007

Ningún ser humano...

Otro cuento que escribí hace años atrás.

Nunca había pensado que mirar a la gente desde arriba de un árbol podía tener algo de interesante. Ver sus gestos, escucharlos conversar, verlos caminando de un lado para otro con sus rostros a veces angustiados, a veces alegres, las más indiferentes. Todo eso se logra desde arriba y con la ventaja que no me pueden distinguir en el nutrido ramaje.

Y las voces agitadas y los comentarios temerosos son los que más se han oído este último tiempo, arriba de los árboles y en todos los rincones de la ciudad. No es para menos considerando la serie de terribles muertes que se han sucedido, todas atribuidas al "Chacal". Miedo por cierto alimentado por toda la parafernalia mediática. Los despachos en directo en la televisión, las miles de teorías que se inventan para explicar estos crímenes, las que hay para todos los gustos, desde las aterrizadas hasta las más desatinadas, hablando de seres del espacio y otras estupideces. Ya deben haber hasta páginas web dedicadas a elucubrar todas serie de explicaciones fantásticas sobre el origen del "come cerebros".

Yo lo he visto y puedo afirmar con toda seguridad que no se trata de ninguno de esos seres que los medios y la gente ha señalado como el asesino. El otro día venía de noche en dirección a mi casa por una calle bastante oscura. No se veía a nadie más caminando por ella. Venía fumando tranquilamente cuando de pronto se oyó un ruido al otro lado de la calle. Seguí andando, un poco nervioso pensando en las historias sobre el "come cerebros" y sus correrías por la ciudad. Cuando llegué a una esquina me pareció escuchar un fuerte crujido como de ramas quebrándose. "Debe ser el viento" pensé. Unos pasos más y el ruido se hizo insoportable. Definitivamente había algo en la copa de los árboles al otro lado de la calle y parecía deslizarse a través de ellos. Con un terror inmenso eché a correr cuadras y cuadras y las malditas ramas seguían su demoníaco crujido.

Lo peor pasó cuando tropecé torpemente con una piedra. Caí de bruces sobre la tierra y estuve inconsciente algunos segundos. Al despertarme, de pié junto a mí estaba un sujeto de ropas harapientas y aspecto nauseabundo. La luz tenue de la luna lo convertía en una gran sombra que se proyectaba sobre mí. Al intentar pararme, el sujeto dejó su quietud para abalanzarse como una fiera. Rasguñaba, gruñía, me mordía, y lo peor, de su boca chorreaba un líquido espeso que me quemaba la piel y penetraba hasta la carne. Y que decir de su maldito ojo que clavado en su rostro parecía atravesarme el cerebro.

La lucha fue intensa. Pese a mis esfuerzos la bestia logró dominarme y hubo momentos en que no me quedaban fuerzas. Pero la suerte estuvo de mi parte porque cuando el animal quería morderme el rostro tome un palo que encontré en el suelo y lo golpee con toda brutalidad. El primer garrotazo no lo mató pero lo dejó mareado, lo suficiente como para permitir levantarme y golpearlo más fuerte. Le reventé la cabeza.

De pie junto al cuerpo, respiré profundamente el aire enrarecido de esa noche tratando de recuperar mis fuerzas. Estaba extasiado, había vencido al monstruo. Pero no tarde en percatarme de lo falso de mi victoria. A medida que me recuperaba, iba sintiendo cada una de las heridas en mi cuerpo y la sangre brotando por todas partes. Había perdido mi oreja izquierda, mis manos y brazos tenían desgarramientos que en ciertos parte dejaban al descubierto los huesos. La sustancia que salió de la boca de la bestia me había desfigurado el rostro, la piel se había vuelto escamosa y pedazos colgaban de ella.

Con rabia, con tremenda ira miré el cadáver tirado en el suelo y lo golpee una y otra vez. Y mi cólera aumentó al ver su maldito ojo que aún permanecía abierto. Lo descuarticé.

Cansado y con un sentimiento terrible de desconsuelo y amargura, me acerqué al cadáver y sin pensarlo le devoré los sesos. No sentía nada, no era yo el que actuaba, era ese inmenso ojo el que me llamaba.

Mirando a la gente pasan rápidas las horas. El viento que sacude las ramas me dice que hoy es la última noche. No aguanto a que llegue de una vez. Por fin podré bajar de los árboles y acabará este suplicio. No soporto esta vida. Prefiero morir de una vez. Porque pese a este ojo monstruoso que llevo incrustado en mi rostro, aún soy un ser humano ¡Y ningún ser humano se merece esto!

lunes, 2 de abril de 2007

Paradoja

Uno de los primeros relatos que escribí, hace ya varios años.

Ahí está el maldito. Ahí está, como siempre, escribiendo en su escritorio sus pequeñas historias para venderlas a sus congéneres. Ahí está la espuria criatura que ha sido capaz de remover las cenizas para lograr sus míseras ventajas humanas. Escribe ensimismado sin siquiera vislumbrar lo profundo de la herida que ha abierto. Con sus libros, parece un niño jugando a ser adulto. No me explico como este insignificante ser fue capaz de romper la quietud. Miles de años se han abierto de repente a los ojos del pasado y todo por esto, este miserable gusano. No se como me molesté en venir aquí, a verlo, a presenciar tan increíble paradoja. El sueño que creía eterno ha finalizado. Yo, yo que luché por lograr mi encierro, que mutilé tantas vidas en nombre de Ethaí y que destruí de la manera más despiadada. Aun así, logre dominar mi sed de sacrificios y busque ayuda en los hombres para detener la matanza. Confié en ellos. Sus invocaciones constantes han logrado mantenerme en la profundidad de las montañas mas inhóspitas del planeta. Pero todo ha caído, todos estos milenios no han servido para nada. La dedicación de miles de hombres ha sido en vano. Las generaciones que han logrado mantener firme el sello de Kerkan fueron inmoladas inútilmente. He vuelto, a muy pesar mío he vuelto.
¡Y que increíble!. Esto que tengo frente a mi ha decidido la destrucción de su propia raza, ha decidido el final de esta era. Sé que esta quietud que me embarga no durará mucho porque mi hermano pronto despertará. Desde que compartimos el mismo cuerpo la desgracia ha reinado la Tierra. Desde que en la lejana época del Imperio de Zethu la magia de las Sombras nos golpeó con esta maldición no ha habido paz. Mi hermano es el ser más terrible de los nacidos en la era pre humana. Su ira ha hecho desaparecer civilizaciones enteras y su culto ha sacrificado muchos inocentes. Y lo peor, es mas fuerte que yo.
Es imposible, ahí está el parásito que rompió el sello de nuestra celda, ahí está el infame que abrió el sarcófago maldito. Su afán de adentrarse en nuestras montañas lo ha hecho el descubridor del gran secreto que ahora quiere revelar, sin reparar que aquellas tumbas encerraban más que unas viejas tablillas. Y está frente a mí, traduciendo a su primitivo dialecto lo que se le antoja una maravillosa leyenda. ¡Qué desgraciado destino!
¡Ja!. Y que cara pone este humano. Se dio vuelta y me ha visto. ¡No aguanto mas , esto es demasiado! Su rostro es el de una rata, sus gestos son bastardos, es un bastardo. ¡Aaaaahh! Jamás atravesó por su cabeza, que ahora tengo sangrante entre mis garras, un pensamiento superior al de su diminuta existencia. ¡Aaahhhh! ¡No se porque he venido aquí, por qué empezaré aquí!

viernes, 24 de noviembre de 2006

El enano


Nota: Este cuento lo escribí hace unos siete años. Con él obtuve el segundo lugar en un concurso de cuentos organizado por la Dirección de Servicios Estudiantiles de la Universidad de Concepción el año 2003.

Cuando se bajó la vieja que iba en el primer asiento, el chofer subió el volumen de la radio. Una cumbia pegajosa invadió todo el microbús. Entonces el enano no resistió más. No bastaba mirarla por el espejo del chofer, tenía que asomarse a verla de frente, por lo que se paró sobre el asiento y con los brazos apoyados en el respaldo llamó a la muchacha que iba sentada dos puestos mas atrás. Eran los únicos pasajeros que quedaban.

- Ven, ven un ratito. Te voy a dar algo.

La joven sonrojada ante el llamado no atinó a nada. Permaneció un momento mas en su asiento, pero cuando el enano hizo un ademán de bajarse del asiento y dirigirse hacia ella, quiso ir hacia donde estaba el chofer, pero el enano rápidamente se interpuso en su camino abriendo sus brazos.

- ¡Adonde quiere ir, mi reina!

La muchacha atemorizada corrió hacia la puerta trasera del autobús y tocó el timbre para avisar al chofer, pero éste entonando sus cumbias no le oyó.

- ¡La puerta!- gritó mientras golpeaba la puerta con las manos.

El chofer entonces bajó el volumen de la radio y frenó violentamente. El enano rodó por el pasillo del autobús, pero al instante se puso de pie y corrió tras la joven, la que de un salto bajó del vehículo. El autobús partió de pronto y el enano decidido se lanzó por la puerta, como un verdadero superman, golpeándose fuertemente al caer contra el pavimento.

La muchacha que escapaba corriendo escuchó el impacto y se detuvo. Al observar un bulto botado en la calle se acercó y vio al enano agonizando que gemía como si tratara de decir algo. Con temor lentamente se aproximó más aun y se arrodilló junto a él. El enano con dificultad movió su cabeza destruida para mirar el rostro de ella que apenas se notaba por su largo cabello, sus piernas desnudas, su minifalda que al arrodillarse dejaba ver mucho mas que las rodillas. Con esfuerzo estiró su corto brazo hacia ella, la que creía que él le daría la mano. Sin embargo, la mano del enano no pudo resistir la tentación escondida entre esas piernas, y la muchacha gritó, viéndolo morir cuando su cara parecía soltar una sonrisa.

domingo, 23 de abril de 2006

Tierras del Encanto

Un relato-sueño

“Los caminos hacia las tierras del Encanto están hechos de lágrimas” le dijo su maestro. Sin embargo, al oír esas palabras aquella tarde en que se despidió de él, embriagado de ímpetu juvenil y ansioso de aventuras, les restó importancia. Esa tarde besó por última vez a la pequeña Aku, su flor predilecta, una breve mezcla de suave cariño y ardor adolescente. “Te esperaré” le dijo mientras levantaba su vestido en señal de despedida como los hacen las de su pueblo.
Las primeras curvas no fueron problema. El camino hacia el hogar de Mu, su tierra ancestral, al que su maestro llamaba “la tierra del Encanto” nacía a poca distancia del pueblo y era serpenteante en su inicio. Colinas adornadas de margaritas, dalias y rosas daban a sus caminantes un baño de aromas deliciosos. Era irresistible tenderse en el pasto y dejarse llevar por esa extraña mezcla. “Una mujer y la combinación sería perfecta” pensó mientras se hería al tomar una rosa.
Pasaron varios días y el placer inicial dio paso al tedio. Estaba cansado del monótono paisaje, muy de vez en cuando invadido por un ajolote que sacaba su cabeza del agua de las lagunas cercanas. “Ellos deben divertirse más” se decía el caminante con un dejo de tristeza.
Al séptimo día ocurrió algo muy especial. Una procesión venía desde lejos en dirección suya. Todos su integrantes venían vestidos de negro. Encabezaba el grupo una sacerdotisa que llevaba una gran cruz invertida en su manos en cuya cúspide estaba posado un cuervo.
Al llegar frente al caminante se detuvieron. La sacerdotisa le pregunto:
- ¿A dónde vas?
- A la Tierra del Encanto – respondió el joven
- Bah, criatura. ¿No ves que te han engañado? Esa tierra no está hacia donde caminas sino está en tu pueblo. Es el habitáculo de tu amante aquello que buscas. Quién te aconsejó lo hizo únicamente para alejarte de ella.
El muchacho permaneció turbado un momento. La sacerdotisa viendo germinar la desconfianza en él, le aconsejó:
- Hijo, piensa en ti. Nada más absurdo que dejar todo por una fantasía. Allí, junto a tu casa está tu felicidad. Míranos, fuimos en busca de Mu y terminamos marcados por la Muerte. Vuelve, toma a tu novia por esposa y funda tu clan. Lo demás es sólo dolor.
La oscura caravana retomó el pasó y se alejó pronto en dirección al pueblo. Las flores morían quemadas bajo el sordo sonido del tambor mortuorio. Absorto en grises pensamientos, el caminante siguió su marcha.
Al día siguiente llegó a la entrada de un espeso bosque de aspecto siniestro: inmensos árboles de hojas oscuras, con ramas que parecían negros brazos que luego se hundían en el follaje, interminables cantos de chucaos, chotacabras y otras aves que desconocía; crujidos de ramas semejando pasos; el cielo tapizado de ramas que apenas daban espacio a los rayos de luz. Siguió con miedo la marcha, entre los matorrales y la penumbra boscosa. Dormía por breves momentos para avanzar lo más posible. Cuando contaba ya cinco días caminando en el bosque se encontró con una caverna que parecía hundirse en la tierra. Era lo que buscaba: la entrada que lo conduciría a Mu. Frente a ella había una fuente de agua cristalina hacia la que se dirigió. Bebió con placer el agua fresca, pero tras el último sorbo vio reflejado en el agua algo aterrador: seres oscuros mataba a los habitantes de su pueblo y quemaban casas y sembradíos. Un chucao se poso junto a él en la fuente haciéndolo volver en sí. Decidió regresar inmediatamente.
Días después estaba en su pueblo. El paisaje era desolador. Donde antes se levantaban casas y plantas una mancha negra era lo que quedaba. La cruz invertida en el centro le daba un aspecto macabro. El cuervo sobre ella graznó al verlo. A poco caminar se encontró con el cadáver mutilado de su maestro. Corrió entonces hacía donde debía estar la casa de Aku. En medio del humo la divisó y apenas pudo la abrazó. Estaba herida fatalmente.
- Te esperado tanto. Los días parecieron años. Ayer, ayer....
- Ayer llegaron. Lo sé- respondió
- Te buscaba. Creían que ya habías regresado de Mu juntos a los sabios montado en sus naves de estrella. Te querían enfrentar. Enfurecidos al saber que no estabas nos atacaron.- Se calló un momento, lo miró a los ojos y prosiguió.
- El maestro te dejó un mensaje. Dijo que en el fondo de tus recuerdos siempre habitaría y que cuando lo quisieras te daría consejos. Que sólo la llama de Mu y sus sabios podían salvarnos definitivamente. Lo que hagas ahora será en vano si no llegas allá. Nuestras almas te esperarán, en las entrañas de la tierra. La mía arderá allí, como un sol de esmeralda esperando ascender.....
Apenas dicha la última palabra falleció. Su amante la dejó en el suelo, armó una fogata y quemó su cuerpo según la costumbre de su país. Emprendió luego el viaje final a las tierras del Encanto, donde esperaba limpiar su lágrimas y regresar con su pueblo dispuesto a vencer a la Muerte.

viernes, 28 de octubre de 2005

La monstrua

(un breve relato que escribí hace unos días)

Al pararse frente a ese cuadro de Carreño de Miranda quedó perplejo. Desde adentro, una niña obesa lo miraba pasmado. Sus ojos le seguían donde fuere y por mas que mirara a otro lado, esos ojos clavados en el rostro regordete lo espiaban sin piedad. Por unos momentos observó los detalles de la pintura. Sin embargo, pese a ser lo central de la obra, esa jovencita le molestaba y aunque hubiera podido irse sin más, siguió buscando las razones de ese sentimiento.
Al detenerse en su vestido el recuerdo de un lejano tiempo lo empezó a acosar. De pronto apareció en plenitud: un día de campo en la hacienda de sus abuelos. Un día soleado, hermoso. Estaba jugando a la pelota cuando un grito lo desconcertó. Una chancha enorme era llevada por sus tíos y primos para matarla. Recordaba acercarse a ellos y ver el instante preciso en que el animal era degollado. Quedó impactado. Y al volver sobre el cuadro, se sintió avergonzado de relacionar esa situación con ese cuadro que tenía adelante. “El mantel donde comimos ese día era de un género parecido al del vestido” se dijo para engañarse. Siguió mirándolo otro rato y comenzó a pensar en su propia gordura, en las dietas, en la nutricionista y todo cuanto tenía que ver con sus problemas de obesidad. Se sintió ultrajado, asqueroso. “Ojalá llegue el día en que esté de moda estar pasado de kilos” pensó.
Cuando pasó al cuadro de la Monstrua desnuda se sintió ridículo. ¿Cómo unos cuadros podía motivar esos pensamientos, traerle a la memoria cosas de las que justamente en esos instantes quería olvidar? Rió nerviosamente al detenerse en los detalles del cuerpo de la retratada. “¿Seré digno de un cuadro?” se preguntó. Cuando ya caminaba hacia otra pintura se despidió mentalmente de la gordita desnuda e ideó una manera realmente hermosa de recordar esa experiencia: comería en su honor esa noche todo lo que no debía.

sábado, 9 de julio de 2005

El extraño

Como siempre, era el arquero. Desde pequeño recibió burlas por su cabeza ovalada y sus extremidades desproporcionadas debido a una enfermedad genética padecida también por sus padres. No había tenido una infancia agradable. A la discriminación se agregaba las limitaciones debidas a esas deformaciones físicas. Le costaba caminar, tropezaba constantemente debiendo usar a veces un bastón. Pese a ello se obstinaba en hacer lo que muchos adolescentes hacían y jugar al fútbol era su pasión. Sin embargo, sus compañeros siempre lo dejaban de arquero, dado que en otros puestos era aún mas malo.
Esa vez no era la excepción. Estaba al arco y ya le habían hecho cinco goles. Ante las reprimendas de sus compañeros de equipo, decidió jugársela mas. De pronto recibió un tiro el que únicamente podría alcanzar lanzándose. Así lo hizo, pero además de no atajar el balón se golpeó muy fuerte en el rostro. Puesto que no paraba de sangrar se fue a su casa lo mas rápido que pudo. Se metió al baño y se miró largo rato. Con el golpe se había desprendido un gran trozo de piel. Bajo ella pudo observar una superficie gris brillante. La sangre ya no corría mas. Con temor al principio fue sacándose la piel. La superficie gris fue saliendo a la luz. Imágenes inconexas empezaron entonces a acosarlo: su niñez, los largos viajes de su padre, la rara comida preparada por su madre, las grandes lagunas de largos meses en que al parecer solo durmió, la potente imagen del planeta vista desde el espacio. De pronto se vio con una lucidez aclaradora: tras sacar toda la piel de su cabeza, frente a sí, un ser de piel gris, grandes ojos y desprovisto de orejas lo miraba atónito. Justo en ese momento su madre abrió la puerta del baño y quedó estupefacta. Tras un largo silencio atinó a decir:
- Hijo, tenemos que hablar.

miércoles, 29 de junio de 2005

Agua Sacrificial

No es fácil conseguir el agua sacrificial. Es entregado en cantidades no muy abundantes por la naturaleza lo que hace de su recolección un trabajo difícil. Sin embargo, la dulce recompensa de verterla sobre mi pecho y recobrar con ella mi juventud y mis poderes menguados por la falta de tan delicioso néctar hace de tal tarea un placer indescriptible.
Dado que necesito de grandes cantidades para lograr el pleno efecto, me hago acompañar por mi sirviente, Anti. Es un sujeto de aspecto nauseabundo, bajo, de largas extremidades, que conocí en mis correrías por los bosques australes en busca de una cura para mi enfermedad. Jamás camina junto a mi pero me sigue a prudente distancia para ayudarme si lo requiero.
Nuestro día empieza cuando los faroles abren sus ojos luminosos. Desempolvamos nuestros trajes negros y nos lanzamos a los callejones mas oscuros. Seducir es un arte, en que el estudio minucioso de la persona, de lo que nos puede brindar y como abrir su corazón a nuestras deseos es lo básico antes de empezar. Años de maldición me han dotado además de una perfecta visión nocturna, por lo que divisar en la ciudad el fruto femenino de piel sedosa y pulpa suculenta apto para ser ofrecido me resulta de lo mas natural. Valiéndome de ello escojo mi víctima y la sigo algunas cuadras hasta alcanzarla. Entonces la miro a los ojos y ruego por que me dé lo que busco. Como sólo en muy contadas ocasiones acceden a primeras a mi requerimiento ( mis armas de seducción sólo encuentran inmediato eco en mujeres con un alto sentido del gusto, lo que es poco habitual) llamo a Anti. El las toma en brazos y lleva tranquilamente hasta nuestro refugio. Allí comienza el rito: ambos recorremos el cuerpo de la mujer con nuestras lenguas y miembros hasta el éxtasis. Embriagada de gozo, clama por mas. Es cuando extraigo delicadamente de entre sus piernas el mágico manjar de las hembras en flor. Y cuando ya termina mi dura tarea, dejo a Anti su paga: las posee hasta que finaliza su trance, lejos, muy lejos de dónde ya me dispongo a consumar mi ansiada renovación.

miércoles, 22 de junio de 2005

Amortal

Las primeras palabras la denunciaron. “Te voy a matar” no parecían palabras amistosas. Pero cuando se volvió sobre sus pasos y tomo el arma que había dejado sobre su cama, sentí unos deseos inmensos de violarla. No solo tenía ganas de golpearla y reducirla para evitar que cumpliera su amenaza, deseaba además forzarla al sexo violentamente. La tomé por la cintura pero ella se dio vuelta y puso su arma en mi frente. “Te amo” le dije estúpidamente. Entonces ella cayó desmayada a mis pies. Sabía de balas capaces de atravesarlo todo, de cuchillas, espadas y toda clase de armas absolutamente mortales, aún cuando la víctima se proteja, pero la que acababa de descubrir era aterradora, sacada de un libro de magia o un manual de hechicería. “Te amo” repetí , y me marché.
Cuando llegué a la esquina en la que desembocaba la calle de la casa de mi víctima, vi algo irrisorio. Todos estaban tendidos en el suelo. Todos dormían en extrañas posturas, como si Morfeo los hubiera tocado en plena actividad sin tiempo para acomodarse. Pensé “si ese par de palabras que solté estúpidamente frente a mi amada produjeron tal efecto en ella, quizá la segunda vez....” No, no podía ser. La segunda vez que pronuncié tales palabras no podía provocar tal efecto en toda esa gente. Desesperado regresé a la casa de mi víctima para ver si había vuelto a despertar. Cuando entré al cuarto donde la había dejado, casi morí de la impresión: mi amada, toda llena de sangre, con la pistola entre las piernas, no paraba de gritar “te odio, te odio” . Y cada vez que repetía esa frase escuchaba a alguien caer en las proximidades, como si miles de seres quisieran entrar a la casa y desfallecieran al oír esos gritos atroces . Cuando llegó la noche y había olvidado todo, me aferré a su cuerpo muerto y esperé a que despertara. Mientras los caídos retomaban el paso y se iban sin más, la violé y nunca mas volví a repetir su nombre en mis sueños.

jueves, 16 de junio de 2005

Divina Soledad

Estaba Dios en la cima de su Conciencia admirando con ojos graves el infinito manto de su creación. En mas de una ocasión se detenía en alguno de sus seres, especialmente en el hombre. Se reía a veces de las interminables elucubraciones humanas relativas a su ser y de vez en cuando se asombraba de la cercanía de las inagotables respuestas. Pero así como en ocasiones le embargaba una risa incontenible, otras lo acosaba una envidia dolorosa. De la humanidad, sus limitaciones, sus vanas esperanzas, sus caminos perdidos, ese sentido trágico que volvía a aquella creatura su favorita. En momentos así se olvidaba de su omnipotencia y fantaseaba con ser uno de ellos. Y cuando volvía en sí, una gran pesadumbre lo abrumaba. Estaba cansado de su trono solitario, de su altar inmortal consagrado a la vanidad, hechos para que las interminables huestes de aduladores y cobardes visitaran su figura como si fuera algo ajeno a ellos. Estaba harto de lo omnipresente e imperecedero. Esos pensamientos lo acosaban cuando decidió volverse humano.
De esta manera fue como llegó a sentir por primera sus ojos arder por la luz, su cuerpo calentarse con la entrega materna y su leche, los pasos por esa tierra dura y pesada, las lágrimas recorrer su rostro. El tiempo fue entregándole y quitándole, amó y odió, deseó hasta el infinito y a veces creyó ver una pregunta contestada entre las nubes que inundaban su cabeza.
Pasaron los años hasta que un escrito absurdo y pretencioso vio aparecer en la cima de su limitación la señal desnuda de su verdad. Su conversión había sido casi completa, hasta se había despojado de las remembranzas sin fin que su raíz celestial le dotaba. Pero las palabras desparramadas en este relato por uno de aquella especie que adoró despejaron los nubarrones que noches enteras lo atormentaron con sus relámpagos vertiginosos. Volvió a recordar su esencia divina, su origen, con el cándido sufrimiento humano de la pérdida, y se sintió traicionado por su soledad.