Este año más que nunca he ido al estadio. He seguido fielmente a mi equipo a buena parte de sus partidos de local. Un año difícil, sin grandes logros, en que apenas se ha conservado la categoría. En el partido final se ganó la liguilla de promoción y los numerosos hinchas que asistimos (no somos muchos pero más que varios otros de primera división y más de lo que la mentira interesada dice) aplaudimos al equipo tras el pitazo con que concluyó el lance. Entonces, en esa despedida final, con esa satisfacción de que a pesar de ser un año difícil se sobrevivió, confirmé aquella sensación que me acompañó con cada vez mayor intensidad estos últimos meses: también había tenido un año difícil y al final había sobrevivido. Había salvado el año. Es un lugar común afirmar que el fútbol es una alegoría de la vida. Pero ello me pareció más cierto este último tiempo. Cada vez que veía los sagrados colores auriazules esparcirse en el campo de juego era mis propios fantasmas luchando contra sus sombras, y el arco contrario era el espacio consagrado por un instante a la alegría. Al final sobreviví y celebré el triunfo de mi equipo. Con optimismo deberá armarse el equipo para el próximo año, dosificando las fuerzas y dispuesto a avanzar con ímpetu a la meta, sin ceder ningún espacio al equipo rival, esas sombras que mis propios jugadores proyectan sobre la cancha en el partido interminable.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
En el alargue
sábado, 30 de septiembre de 2006
Campaña por la Inutilidad
La Vanguardia Antiutilitarista por el Goce, la Ociosidad y la Subversión (V.A.G.O.S.) de la cuál soy el vocero, por decisión “unánime” de su consejo, cuyo único integrante aún vivo soy yo (los demás cayeron en combate), ha decidido emprender una escalada violenta contra el sistema, que ha agudizado su marca mercantilista inundando lo humano y lo divino. Esta escalada, que para atrapar la atención de los moderados también hemos llamado “Campaña por la inutilidad” , espera que quienes estén hartos del mercantilismo, la deshumanización y el pesimismo de diversos sectores interesados y compensados que le hacen el juego a los monopolios de chupasangres que nos chantajean, se sumen al esfuerzo de nuestro grupo para demoler desde sus cimientos este sistema.
Este sistema profita de una cultura del trabajo o más bien, de una cultura de “trabajólicos”, siguiendo las viejas enseñanzas protestantes del culto al trabajo (léase de Max Weber “La ética protestante y el espíritu de capitalismo”) cuyas consecuencias malignas se manifiestan en pérdida de vida familiar, de momento de descanso, esparcimiento y reflexión, de tiempo para amar y regalonear. Ante ello predicamos la realización consciente y revolucionaria de actos inútiles, gestos disarmónicos destinados a interrumpir, aunque sea por momentos, la corriente del mercado que arrastra todo y a todos. Por actos inútiles entendemos aquellos gestos o comportamientos que no persiguen un fin mercantil o utilitario directo, eso es, que no se hacen por plata o para obtener una retribución en bienes o servicios. Entendemos que aún tras gestos en principios gratuitos finalmente el donante o voluntario recibe una satisfacción o retribución, una compensación sicológica, un aminoramiento de su sentimiento de culpa u otros modos de autosatisfacción, y que eso puede ser visto por los pesimistas como otra faceta del mercantilismo (podrían pensar, por ejemplo, que a través de esos medios se evita una visita al psicólogo, y eso es plata a fin de cuenta). Sin embargo, los que acá destacamos son aquellos actos que nacen sin mayor planificación y fuera de toda labor de propaganda mediática (cuantas campañas “voluntarias” no pasan de ser burdos lavados de imagen) ya que nuestra rebeldía pasa precisamente por escapar a la desesperada necesidad de sentido o utilidad, por lo que especialmente rehuimos ser parte de la cadena productiva (que es lo que pretende hoy darle sentido a todas las cosas, y también al ser humano: sólo valemos por lo que producimos).
Basta con estas palabras para echar a andar esta campaña. Porque, conviene aclarar, además de ser un grupo antiutilitario somos reacios al pseudointelectualismo. No se tome esto a mal, no queremos en esto parecernos a los neoliberales que alimentan con su antiintelectualismo sus facetas “simpaticonas” y populistas. Es más bien un rechazo a la teorización vacua. En otras palabras, leemos, tomamos algo de aquí y de allá, trazamos algunas líneas y seguimos, no nos quedamos pegados, somos inútiles ante y para todo. Pensamos ( quizá es un consuelo) como Neruda “Libro, cuando te cierro / abro la vida...” (si, es contradictorio que nos apartemos de los libros citándolos, pero asumimos de antemano esas contradicciones pues son ellas las que nos impulsan a ser cada día más inútiles, más contradictorios. Walt Whitman decía: “¿Que yo me contradigo?./ Pues sí, me contradigo. Y, ¿qué?/ (Yo soy inmenso, contengo multitudes.)”).
Ya, me aparte del punto central por hablar huevadas (mis compañeros vendrán a penarme por esto). Para finalizar, y a modo de ejemplo, incitamos a realizar actos como los siguientes:
- Abrazar a la / el primero que se cruce en el camino
- Dar un beso a nuestros seres queridos antes de cada comida
- Escribir un poema
- Caminar para atrás para llegar más rápido
- Sentarse en una banca de una plaza esperando la noche
- Amar, en todos los sentidos, en todas direcciones
- Tomar un microbús cualquiera sin importar el recorrido ni su destino
- Creer en Dios
- Plantar un libro, escribir un hijo, tener un árbol
- Mirar horas y horas a través de las ventanas.
- Dárselas de filosofo en estado de ebriedad
- Escribir en un blog
- Dar las gracias, saludar afectuosamente
- Calentar la sopa y no tomársela
- No creer en Dios
- Apagar la tele antes que ella lo apague a uno
- Dar una patada en el culo a los tontos graves (autopatada en su caso)
¡¡VIVA LA REVOLUCION DE LOS INÚTILES!!
miércoles, 1 de febrero de 2006
Vive rápido, muere joven
Leía en el diario a un punk comentar tras la muerte de un sujeto en una tocata en Hualpén que los punkies mueren jóvenes. No es una destino tan malo. Pensándolo bien, con el tiempo muchos terminaremos convirtiéndonos en tipos patéticos, amarrados por un sinfín de deberes, achacándole al tiempo nuestras limitaciones, sobrepasados por miles de amarras que nos convierten en correctos ciudadanos de una sociedad de mierda. Pues ¿quién se atreve a seguir sus ímpetus hasta el fin y cumplir lo dicho por Neil Young “mejor arder que consumirse lentamente”?
¿Ideas de un romanticismo barato, dignas de un rockstar de mala muerte aferrado a su último trago antes de caer en el delirium tremens? No: de un sujeto que va por el camino de lo correcto pensando en lo incorrecto, como muchos, con cierta inclinación masoquista y, tal vez, algo egocéntrico.
Si quisiera seguir esas ideas, me quedaría poco tiempo.... y no he vivido tan rápido. Bueno, estos último años un poco, pero a lo mejor siguiendo a las ratas que viviendo más aceleradamente sobreviven más años, termine como algunos de mi familia, viviendo 80 y más años. Mala hierba....
Una vez soñé que moriría a los 27 años. En cierta época pensé que más que una profecía era una orden: debía matarme a dicha edad. Pero creo que si me lo fijara como meta y comenzara a despedirme de mi familia y amigos me sucedería algo parecido a Glen Benton, que gritó a los cuatro vientos que se mataría a los 33 años (la edad de muerte de su odiado Jesús) y al final no cumplió. Bueno, para quienes disfrutan de Deicide, no fue tan malo (¿y quién disfruta de mi? )
También me plantea un conflicto lo de dejar un cadáver bonito. Tendría que someterme a varias operaciones de cirugía plástica antes de morir para así ser un poco bonito, de lo contrario no podría seguir al pie de la letra lo que dice la frase. Y el dinero para las cirugías, el tiempo y trabajo para juntarla...¡pfff!, se me pasaría la vida en ello.
La verdad es mejor dejar al destino, si es que existe, que haga su trabajo: la muerte, desde que nacemos, ya está haciendo lo suyo.
miércoles, 19 de octubre de 2005
Vulgar
En lo que escribo no tengo el menor ánimo en reconocer al patán que soy a diario. Ese bastardo y mediocre no merece ni el desprecio. Si escribo es para imaginar, para soñar y ver mis otros rostros, siempre ocultos bajo las sábanas falsas del día. Lo hago volcando mis ojos hacia adentro y ahogándome en el refugio lánguido de la oscuridad. No soy un tipo siempre triste a diario y quienes leen mis textos piensan que soy otro, como si tales mamarrachos no fueran míos. Nadie conoce al otro realmente, siempre hay un océano que nos distancia aunque estemos hechos de las mismas aguas. Es indudable que me valgo de mi experiencia diaria para crear, pero más de las sensaciones que he tenido. Hay una raíz humana en ellas, sin duda, que permiten ligar dos seres en el acervo común del dolor y la esperanza. Pero aún así hay terrenos no descubiertos, maneras de navegar y sumergirse en las corrientes únicas que en sus infinitas combinaciones nos crean y destruyen. Hasta allí llego, sin afán de originalidad aunque si de autenticidad, tarea que no por tan pretendida es fácil de alcanzar. Uso a veces un lenguaje poco común (especialmente en poesía) que linda con lo siútico y el lugar común. Quizá, a lo mejor es solo impresión mía (soy mi peor enemigo). A lo mejor eso agranda la distancia entre mi yo-ordinario y mi yo-seudocreador literario. Pero como dije, es porque aspiro a otra realidad armada de trocitos de la realidad común y no todo los trajes me sirven para el viaje.
Soy, pues, un sujeto absolutamente vulgar, inculto y hasta picante. Me importa un coco, jamás me han gustado las imposturas. Es lo que hay nomás.