domingo, 26 de diciembre de 2010
Petrificados
La muerte nos esquiva en la ciudad,
Los vehículos palidecen agobiados,
Las calles se entrecruzan sin remedio,
Las plazas nutren la siembra de los juegos
De los niños que no brotan.
De la mano, atascados en el tránsito
De figuras ya atadas, de simulacros
De un fuego que no arde pero quema
Hasta cosechar rabiosa sus cenizas.
Ya no hay parques, ni árboles sacralizados,
Tampoco llanto que alimente la pérdida inhumana
La ciudad ha tendido sus encantos
Y nos ha encadenado a sus rincones.
Pero hoy, sólo hoy
Puedo decirte al oído
Tras la próxima esquina, salvajemente,
Allí donde nos cruzamos sin conocernos
Asomados entre la lluvia de los años,
Una canción a medio hacer,
Esa melodía que viene y viene y no se atreve a nada
Esa que dice en su ingenua necesidad
Que si alguna certeza he de tener
Ha de ser tu sonrisa esparciendo su verdad
Pontificando en tu nombre como un simulacro de ese cielo
Que no nos recibirá con lágrimas
Porque la maldición nos seguirá, como cantara Kavafis,
Y mas allá de la certidumbre de la vida
Estarán estas misma sombras,
Estos laberintos de piedras, estas mismas calles.
En paz
Su hondura de calor tibio, imitando una caricia
El alimento de los saurios que en sus cavernas duermen
Esperando otra estrella, la partida de las bestias.
Ángeles cercenados se aferran a los huesos
Alguien vela a cada muerto en la ciudad
Porque nadie merece en el frío nocturno el desconsuelo
Sanguíneo a veces, rociando sus huellas dolorosas
¿quién no necesita esa paz terrible
astillada de esperanzas ahogadas, enjauladas en su ensoñación?
Besa a quien no lo merezca, a quien reniegue de tu sangre
Humíllate ante el ídolo de tus enemigos, acaricia hasta la última herida
Cuando su vaso derrame transparencia
Cuando no sea capaz de contener otra gota de lluvia
Entonces los rayos diamantinos de su cadáver iluminarán.
Sólo cuando el ojo sangre el color de sus visiones
Cuando la cordura pierda toda sensatez
Entonces brotará la paz de los moribundos
La eternidad del desalojo cubierta de nieve negra.
Los suspiros tendrás su corona al final de la calle
En el pasadizo hacia la bruma, sendero fatal,
Callejón hacia la inmovilidad fría y plena
Donde ya no importa la muerte o la vida que de ella pende.
Paz de ausencia de desvelos, latidos que despeguen de los pechos,
Pequeños temblores que apagan su obsesión
Solo un dios podría acallar a todos ellos,
Solo la paz no esperaría jamás una respuesta.
Sólo paz al final de los témpanos
Cubriendo de plata a sus sombríos habitantes.
Fin de día
Cuando vuelvo y no pienso más que en lanzarme contra el suelo
Cobrar todas las culpas, llorar los dormitorios, mirarme por el reverso.
Cuando la ciudad no lleva más que a sí misma
Y hasta el más repugnante pasaje es un laberinto sin nombre.
En fin, cuando acaba el día de su propio malestar
No voy al baño y le cuento los secretos a la sombra
No soy el pedazo de rutina encadenado a una silla o una frase repetida cien, mil veces.
No soy en ese instante nada bueno que merezca un poco de piedad
Una limosna que da el día a la noche en señal de abandono.
Soy el despojo de una máquina que ha parado de matar
Y cobra sus facturas a los zombies que merodean su guarida nocturna.
Porque teníamos razón en colgar nuestros cuellos a las ramas de los sueños
Como si despertar fuera morir y luego dormir eternamente.
Ya nada cumplió su ciclo y el cliché de los años ha hecho su parte.
Maldigo, cansado y harto el arma que no disparó su arte contra el suelo,
Urdió su pelaje gastado y se lanzó a la selva a cazar sus estrellas.
Hoy, por hoy nada, nada urge tanto como descansar
Y no quiero mirarte asaltada en la televisión
No quiero saltar una orilla de la cama y esperar desconsolado el pronóstico del tiempo.
Cuando ya no doblé la esquina, no utilicé mi equipaje,
Cuando el vehículo chocó contra su dueño, quizá más duro que aquél,
No queda más que beber hasta la última gota del veneno casero,
Ese placer culpable agolpándose atrás de la puerta,
Mirarse luego a la ventana
y simplemente gritar de puro gusto que el sol tiene ese maldito afán por asomarse cada ciertas horas.
Con las cuchillas clavadas
Con las cuchillas clavadas
Arrancando del ruedo
Las voces que vuelan de sus marcas silenciosas
En un rodeo largo a la ciudad difuminada.
La música es un golpeteo de tambores lacerantes
Funerales que alegran la noche con sus sonrisas apagadas.
Ebrios de tanto andar, de látigos amarrados
En esa huella fingida que alguna vez quisimos nombrar
Nadie jamás lo recordó y mejor fue así...
Ni las lunas desperdiciadas al amparo de la fuga
Ni la locura aplacada por un sol autoritario
Que impone sus verdades a la luz de la mentira.
Cuanto da ya ahora, espantada la aurora
Al punto que ninguna sombra tiene miedo de alumbrar.
Paso a paso, las vertientes rotas de esas promesas
Éxtasis no debidamente ofrendado,
Nos vierte su sed como migajas en el bosque.
Tomar otra vez esa calle ahogada
Ese responso en el carruajes de los huesos
Que empuja sin cesar su luto
Hacia la imagen derrocada del placer.
Nubes hoy se sacrifican en el cielo negro
Para que su astro esta vez nos siga
Y guíe nuestra pérdida bestial al más profundo pozo
Que nuestros dedos descarnados pudieron cegar.
jueves, 20 de mayo de 2010
Robots Enjaulados
Fierros y cemento, ruido demencial
Golpes de hachas y sangre agitándose,
Si tan solo lloraran...
De pronto en la inmensidad del frío metálico
Una voz artificial reza en su cadalso
Un fantasma de hombre se oculta en el regazo
Pesadilla de su huésped ataviado de cadenas.
Cadáveres, cadáveres, pedazos de niños cubiertos de recuerdos
Padres rotos, ciudades sin fin ni principio, un automóvil ardiendo.
Funerales en la noche, deudos intentando rescatar algo
De ese reciclaje automático, desde los siglos de los siglos,
Flores inútilmente mutiladas.
No puede haber algo tibio en el reverso de las ruinas
Agolpándose siquiera como ligeras siluetas
Remembranzas de viejas películas o cuadernos añosos.
El mundo partió sin dejar recuerdo, y acá sólo escarban
Sus huesos royendo hasta la última partícula de carne.
miércoles, 19 de mayo de 2010
Un juego de adivinar
De adivinar que hay a través de los días ciegos
Que enmudecen sus sentidos por quererte contemplar
Por retener el acento que el silencio tuyo no deja que brote.
De adivinar si esto es un juego de sombras
De provocaciones al final de la tarde
Cuando nadie reconoce sus caminos y las miradas se entrecruzan agotadas.
Porque nada impide descubrirnos y aún así nos esforzamos por negarnos
Por caminar lentamente en la infinitud de un tiempo prestado
En el que mis segundos se agolpan a los tuyos eternizándolos.
Adivino una respuesta, el último día de este mundo
Cuando perseguidos las vidas se entreguen a sus sombras
Cuando ya no haya motivo imaginado porque ya no habría ni tiempo ni lugar
Cuando el azar sea lo único posible
Y tras ese juego de adivinarnos en el ocaso
El mundo se parta mientras nos abrazamos
Y un nuevo cielo nos cubra de su renovado ímpetu.
Este juego, de guiños que se ahogan,
Que hunden luego su carga de deseo en el rabillo del ojo,
Puente abismal que lo mismo pueden llevarnos al contacto o a callar
Este juego que nos cansa, este tesoro escondido en el borde del absurdo
Nos invita a mirarnos una vez más, y otras tantas,
Para reconocernos al final del día, exhaustos,
Siendo un extraño reflejo en una mirada desconocida.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Atardecer del Quinto Sol
Ni la fulgente razón de los dichos de los muertos.
La caída tiene su propio latido
Espuma que va y viene por cada ofrenda moribunda
Por cada beso derramado en la corona dolorosa
Por cada pan abierto en señal de bienvenida
Porque la raíz pare su fruto negándose ella misma
Y todavía así nos entrega su dulzura.
Caerán todos los astros en nuestras manos rotas
Cogeremos sus pedazos para atarnos a sus cadenas celestiales.
No habrá nube ni anuncio ni partida.
Morirá el astro ante nosotros
Dentro de cada vaso beberá su muerte nuestra sed
Cada copa alzará su sangre desnuda, aún tibia
Esperando el amanecer cargado de difuntos.
No podía ser otro su nombre
Luna o sol que perece en sacrificio
Porque el llanto del mesías morirá en el regazo de su propia noche
Y tras dormir abrirá sus ojos y veremos por primera vez el mundo.
martes, 22 de diciembre de 2009
Amenaza: Pronto lanzamiento del poemario “Patéticos Amaneceres”
De lo dicho se desprende una paradoja evidente: pese a mi esfuerzo jamás me serán completamente extraños esos poemas. Así, cada vez que enfrentando a sus defectos los pulo poseso del afán del artesano, creo estar atentando no contra el poema, sino eso otro que fui y que agitado por otras olas naufragó con su maldición de versos. Y ese vaivén me cansa, no me motiva sino más bien me ahoga y repugna.
El desdoblamiento del creador me angustia a veces, esa conciencia, tan humana, más si debo ser corregido y corrector, insulto y eco, creador y destructor. En ocasiones, intento subsanar la contradicción con la lectura de verdaderos escritores, para escapar de mi miseria, empaparme de sus visiones y así auscultar más certeramente las mías, pero bien sé que soy un pésimo lector y que los pocos libros que he leído casi nunca los termino. Mi aislamiento vital, a su vez, me han privado de la sabia crítica de un poeta o lector.
Empezaré con una edición en internet en formato pdf, con los 21 poemas que hasta el momento he seleccionado. El primero de ellos lo escribí hace más de 10 años y el último hace unos pocos meses. Creo que a fin de año estarán en condiciones de ser subidos a mi página en internet, donde ya han sido expuestos varios de ellos. Ahora bien, si alguna vez el Derecho es capaz de colocar unos cuantos panes en la mesa de mi hogar, efectuaré una publicación “física” autoeditada con un tiraje menor, lo bastante como sentir la satisfacción de tenerla entre mis manos y, luego de haber calmado ese prurito del ego, lanzarlos al fuego familiar a la luz de las estrellas.
martes, 23 de junio de 2009
Autumnalia III
Alegría de la lluvia durmiendo en la esperanza del frío
Mirando la orilla en que el mar se sacude en la tormenta y despierta.
Despierto entonces y no puedo sino amarte
Desesperadamente alzar tu cuerpo helado aún,
Despejar tu rostro de las hojas, en disputa con el viento,
Acariciar tu rostro escarchado
Bebiendo de sus gotas hasta verlo florecer
En el nido que custodia la arboleda desnuda.
Frío,
La calidez a la que hemos renunciado,
La ciudad no arde como deseamos a veces
Entre recuerdos olvidados y vino a medio beber,
No fuimos bendecidos, pensamos,
Atados uno al otro por el hielo de la aurora,
Aún así, frente a frente, entumecidos,
El río caudaloso de tu mirada fecunda la mía
Anunciando la primavera a poco de la siembra.
Lluvia,
Celebramos cada día su llegada
Como la de un nuevo hijo,
Enternecidos con sus primera palabras,
El balbuceo de las gotas que contagian su humedad
Como jalando de fantasmas su ausencia casi eterna.
Hojas,
Que dibujan dolorosas el camino del sepulcro
Desviando en cada muerto su sagrada ruta
Acabando en nuestros ojos en solsticio
En que tras brillar
Los párpados que caen son a un tiempo
El otoño que adormece y el invierno que ya sueña
miércoles, 24 de diciembre de 2008
En el alargue
Este año más que nunca he ido al estadio. He seguido fielmente a mi equipo a buena parte de sus partidos de local. Un año difícil, sin grandes logros, en que apenas se ha conservado la categoría. En el partido final se ganó la liguilla de promoción y los numerosos hinchas que asistimos (no somos muchos pero más que varios otros de primera división y más de lo que la mentira interesada dice) aplaudimos al equipo tras el pitazo con que concluyó el lance. Entonces, en esa despedida final, con esa satisfacción de que a pesar de ser un año difícil se sobrevivió, confirmé aquella sensación que me acompañó con cada vez mayor intensidad estos últimos meses: también había tenido un año difícil y al final había sobrevivido. Había salvado el año. Es un lugar común afirmar que el fútbol es una alegoría de la vida. Pero ello me pareció más cierto este último tiempo. Cada vez que veía los sagrados colores auriazules esparcirse en el campo de juego era mis propios fantasmas luchando contra sus sombras, y el arco contrario era el espacio consagrado por un instante a la alegría. Al final sobreviví y celebré el triunfo de mi equipo. Con optimismo deberá armarse el equipo para el próximo año, dosificando las fuerzas y dispuesto a avanzar con ímpetu a la meta, sin ceder ningún espacio al equipo rival, esas sombras que mis propios jugadores proyectan sobre la cancha en el partido interminable.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Abriendo una flor
sábado, 16 de agosto de 2008
Sin solución de continuidad
Echó antes una ojeada. Segura, empezó luego a caminar hacia un destino que no tenía claro pero que adquiría forma a medida que se aproximaba a él. Era una animita. Su mirada comenzó a divisar las borrosas líneas que enlazaban su cuerpo con lo que la rodeaba, sin solución de continuidad. Una continuidad entre sus dedos desnudos que estiraba para acariciar la helada loza del altar y aquella frialdad. La división apareció más bien como un invento para avanzar, más no trascendía. La gelidez todo lo inundaba. Así como solía caminar, pensó, nuevamente buscaba plenitud sabiendo de antemano el fracaso de esa búsqueda en el marasmo de aquella única sensación. “Pero se camina aunque sea un viaje sin destino. Un camino circular”, leyó en voz alta.
Arrodillada ante el pequeño altar, se persignó. Tomó otra vez el viejo escrito y leyó :
“Todo viaje hacia lo sagrado no es más que una peregrinaje hacia el abismo del propio espíritu. Si una luz dibuja sus contornos con mayor claridad, es la encarnación de deseo por la plenitud. Dios no es más que aquella parte de mi que aspira vanamente a lo Absoluto”.
Tras esas palabras sintió el viento frío atravesando con más fuerza su cuerpo. Asomó entonces frente a ella el escenario, aquel paisaje difuminado contra la oscuridad de un mundo incierto en el reverso de las sombras, que jamás se le habría de revelar. Aquellos espectros nada debían importar para ella, eran seres de un mundo imposible. Pero si ella era quien latía en cada cosa, las preguntas no terminaban de agobiarla. ¿Por qué había sido condenada a tal castigo? Miró la humilde animita, a cuyos pies había un sucio florero colmado de claveles secos. Leyó una vez más. Ella era el muerto atado al recuerdo. Sus sentidos ahora no eran capaces más que del absurdo, del ahogo bajo metros de tierra que unas cuantas palabras ordenaban y que le impedían emerger tras el sacrificio. Se esfumó de golpe el viejo escrito para ir a posarse a otras manos: un nuevo clavel seco adornaba el santuario, dando gracias por los favores concedidos.
miércoles, 9 de julio de 2008
Desde el vacío
Mira. Antes aquí no había nada. Tan sólo la ausencia, ni siquiera eso... Hasta que fui, tomé unos instantes, dibuje en el espacio blanco unas rojas palabras... y fuiste. Por fin, ante mi, ideal, dulzura sin recuerdo ni esperanza, atada a mis dedos aún. Y te miré sin miedo, como el espejo me mira en las mañanas, aún después de la pesadilla, y no eras ni más ni menos que una parte de mi. Me fijé entonces en aquello que nos unía, esa tímida membrana que el fragor del viento amenazaba separarnos, y pensé noches enteras en si era capaz de romperla. Una noche, por fin, te miré a los ojos: bastaron unas cuantas palabras para entendernos. Tomé esta hoja en blanco y fuiste plena. Entonces comprendí la dureza del sacrificio: para abrazarte requería apartarte de mi. A la luz de la luna no sobraron caricias, la luz crepuscular bañó tu cuerpo en agonía. Pero la tragedia nos sujetaba también a sus leyes.
Llegó entonces el momento temido: al amanecer de un día desierto, apenas comenzado el sueño, partiste, sin decir palabra, mientras yo aún no pensaba en despertar, y me abandonaste.
Sólo dejaste junto a mi, el sabor que te recuerda, y esta hoja en blanco que todavía trato de llenar.
jueves, 19 de junio de 2008
Autumnalia II
En el principio
Sólo estaban tus manos, en señal de despedida
Abiertas liberando su calor al otoño
Hojas sostenidas por un frágil instante
Esperando que el viento las llevara tras de sí.
Caminábamos entre los charcos
No decíamos nada por temor a que la lluvia
Empapara nuestros labios y el sabor nuestro se perdiera
A que el beso se borrara de los rostros como una gota que cae
Y no brotará más que el frío de su ausencia.
Entonces el bosque se perdía entre nosotros
La ciudad gastada se esfumaba en la neblina
Y debíamos juntos guardar ese tesoro
El fuego natural bajo mantos de cenizas
En nuestra piel ardiendo apenas.
Fuimos más que toda aquella tempestad
Las nubes reflejaban su color
Hasta aquel comienzo teñido del crepúsculo
Que selló para siempre el refugio del invierno.
En el principio
Sólo estaban mis manos, esperando tu partida
Pero el viento trajo las tuyas como hojas
Para que en la fragilidad de sus sentidos
Oculten el vacío de los míos.
martes, 10 de junio de 2008
Equinoccial
Que la noche sirve de un sórdido brebaje
Veo la mórbida luz del otoño
Amaneciendo en la frontera de los sueños
Esos que despertarán cuando mi sombra no sea oscura
Sino desnuda cara al sol
Su único recuerdo.
Bebo a sorbos aquella sangre
Tibia, ácida, como el fruto mineral
Que desde el árbol del abismo
Lucha por brindar su resplandor
La corona que la tierra teje entre penumbras
Para ser cosechada en la estación de la agonía.
Los reyes lunares sirven nuevas copas
El vino ciega con su pavoroso dulzor
Las bandejas se llenan del color del sacrificio
Rojo es el camino que recorro
Rojo son sus vertientes sin destino.
Al final de la ruta el cadáver acecha
Con su rostro pálido, sin aquella sangre
Untado en tierra, en barro, en dolor,
Nos pedirá la lluvia que llevamos a cuesta
Por toda la sangre que escanciamos
En un juego macabro al calor de las estrellas.
Se cierra la fiesta de los muertos
Con la última gota envenenada
Nace para mi su cruz de labios tenues
Aureola que ilumina la copa vacía
Contagiada del rocío otoñal
Que guarda su secreto iluminado
Hasta el próximo equinoccio
Sueño del Crepúsculo
Suben gotas sucias
desde la boca de Kali.
Ante mí, colgando de la noche,
un sol pagano
recuerda la muerte de otros días.
Su voz quemante
lanza cruces al aire
que llevan mil cristos
clavados a sus aspas.
Los labios del sueño
se hunden en aguas negras
y Xolotl, sumergido,
carga con la estrella ahogada.
Ardiendo,
adosado a la fugaz claridad
del atanor filosófico,
con el pecho con serpientes
que se enredan y en su lucha
recrean el mundo,
el viejo vozarrón de los kalkus
me carcome los huesos,
me quiebra en la tibia espera matinal
vomitando entre líneas
los retazos de un ansia
que en la averiada parada sin destino
señala la larva de su pensamiento.
Flores abismales
me infectan su rocío,
dioses dormidos vuelcan los signos,
sus manos me retuercen el alma
buscando las lanzas
que una antigua guerra
clavó en mis corazones:
los oscuros pozos de sus ruegos.
sábado, 12 de abril de 2008
La decapitada
Arranca con furia cada uno de mis huesos
Deposita en mi tu cruz de aspas amargas
Lánzame si quieres a la muerte
Que tu cabeza abierta no ha parado de llorar
Y yo aún no duermo luego de tu huída.
Cuando llegabas manca
A cobijar mi corazón
No reparaba en tu semblante
Cualquiera hubiese escondido
El Grial entre tus lágrimas
Más yo, el traidor
Nunca oí tus pasos quebrarse en espiral
Ni tu cuello abrirse como flor
Ni tus colores de clavel herido
Ni menos el luto que ataviaba tu mirada.
Cuando llegaste hoy
Con tus oídos pariendo la sangre
De todas mis canciones
Tu boca susurrando su última plegaria
No fui capaz de acurrucarme
Junto a tus vestidos quemados.
Eras aún la fantasía del vino.
Pero cuando al despertar
Hallé tu cabeza dormida entre mis manos
No pude contener el dolor
Y devoré tus labios preso de la angustia.
Mañana buscaré tu cuerpo
Hoy solo atino a consolarme.
martes, 12 de febrero de 2008
Bebe tu sangre
El viejo despertó justo cuando las nubes dejaron al descubierto la inmensa luna llena que se posaba sobre él. Su luz lo cegaba, sólo permitiéndole acariciar en ese instante la imagen de su hijo.
La primera vez que lo tuvo en sus brazos, ya temía las terribles consecuencias de haber cumplido su deseo de ser padre. Su abuela le había dicho:
- Apenas nazca debes matar a esa criatura. Tu sabes que muchos niños de esta tierra son engendrados por demonios. ¡Y ese hijo no es tuyo, lo sé!
Él se negó a creer en sus augurios. Sin embargo, pronto el mal llegaría a su hogar: su mujer murió al año de nacida la criatura. Una extraña enfermedad había absorbido repentinamente sus energías. Ya desde antes de quedar embarazada sufría desconcertantes delirios y en ocasiones la encontraba desmayada en el bosque cercano a su casa.
Solo crió a su hijo. A las dificultades de la soledad se sumó el lastre amargo de la pobreza, que impidió al niño estudiar y obligó a incorporarlo tempranamente en las labores agrícolas. A ellas juntos se dedicaron, hasta que en la adolescencia las amistades con delincuentes del lugar convirtieron a su hijo en un verdadero cuatrero. La adultez no cambió su situación, desapareciéndose por días del hogar por sus correrías, pese a los reparos paternos.
En cierta ocasión, una curandera del lugar se acercó hasta su humilde casa. Era una anciana conocida por sus curas milagrosas.
- Usted lo que debe hacer es pedirle a un brujo que le ayude. Su hijo fue obligado a beber sangre humana y por eso sirve a uno de ellos. Sólo los brujos tienen el poder suficiente para esclavizar o liberar de ese mal.
El viejo aceptó la oscura sugerencia de la curandera. En su desesperación había hecho todo lo posible por encontrar a su hijo, a quien no veía hace semanas, incluso recorrió toda la agreste zona sin lograr hallar su escondite. Lo quería tanto que la tímida esperanza de recuperarlo que abría esa propuesta fue capaz de doblegar su voluntad a favor de ella.
La luna llena era signo de que debía reunirse con la curandera en un cerro cercano, como ella se lo señaló. Al llegar ahí estaba esperándolo, y le dijo:
- Ven, debo vendarte los ojos para llevarte hasta él. Vive en una cueva y saldrá para encontrarse con nosotros. Así no recordarás el camino que lleva a su escondite ni sufrirás viendo su rostro.¡Es horrible!.
Vendado, sólo sintió como lo conducía hacia las faldas del cerro y luego al tupido bosque que lo circundaba.
- Detente, llegamos. Está frente a nosotros.
El viento fresco que soplaba esa noche de verano pareció volverse gélido. El viejo comenzó a temblar mientras escuchaba como la curandera conversaba con el brujo en un idioma que no entendía. Las risas que a ratos surgía de esa conversación lo pasmaban. Temía un desenlace funesto.
Terminada la conversación, el brujo le preguntó al viejo:
- ¿Por qué deseas salvarlo?
- Porque es mi hijo, mi único hijo, mi propia sangre. Se lo pido ¡ayúdeme!
El brujo lanzó unas carcajadas escalofriantes que se expandieron por todo el bosque como ecos quejumbrosos. El viejo estuvo a punto de desfallecer.
- Bueno cumpliré tu deseo. Pero tu deberás saciar los míos: durante tres meses dejarás un cordero en un claro del bosque que la curandera te indicará. En el centro del claro hay una gran piedra, donde cada atardecer anterior a luna llena deberás dejar tu ofrenda. Desde ya cumpliré mi parte del trato, pero no perdonaré tu deslealtad.
El viejo volvió a su casa al amanecer sumido en el miedo. Sin embargo, al entrar en ella vio a su hijo que lo esperaba. Llorando lo abrazó y besó.
- ¡Hijo, mi único hijo. No me vuelvas a abandonar - le dijo emocionado.
Los dos meses siguientes fueron los más felices de su vida. Lo tenía en casa y muy cambiado, tanto que compartió gustoso con él las labores del campo.
Pero pronto vendría el desastre. Un extraño incendio consumió gran parte de su pequeño predio arrasando con sus sembradíos, sólo salvándose su casa; su ganado pereció de un enfermedad desconocida. Y lo peor de todo: su hijo desapareció justo faltando un día para aquél en que debía llevar el último cordero. Sin nada después de todo lo ocurrido, no podía cumplir con ese compromiso.
Al día siguiente vio una veintena de hombres que se acercaban a sus terrenos desolados. Traían a su hijo atado fuertemente de las manos por un lazo. Se notaba que había sido golpeado. Le gritaron al viejo:
-¡Mataremos a tu hijo!
Lo acusaban de una feroz matanza ocurrida en la mañana en la parroquia cercana. La gente venía dispuesta a hacerse justicia por sus propias manos.
El viejo asomado a la puerta de la casa vio con vida a su hijo por última vez. No fue capaz de nada, ni siquiera de suplicar por él. Sólo las lágrimas revelaban su dolor. No respondió a los gritos e insultos de la gente. Ante su pasividad, el hijo lleno de odio le escupió el rostro. Los campesinos entonces lo llevaron al árbol más cercano y lo ahorcaron.
Cuando los campesinos se fueron, el viejo se acercó hasta el árbol. Entre lamentos bajó el cadáver y lo depositó en un carretón, dispuesto a llevarlo al cementerio que estaba a una legua de ahí.
Anochecía cuando llegó al cementerio. Pero su sorpresa fue inmensa al asomarse al carretón que tenía a sus espaldas y al que no se había vuelto conduciendo apresuradamente el caballo: el cuerpo no estaba, y una cabeza de cordero ocupaba su lugar. El anciano soltó al caballo de la carreta y se montó en él, huyendo despavorido por el bosque. Pero la tragedia no lo abandonaba: el caballo al bajar una pequeña quebrada frenó violentamente y el jinete se cayó y azotó contra el suelo, quedando inconsciente.
Y ahora yacía despierto, en ese claro del bosque sobre la gran piedra colocada en el centro. Tendido de espaldas, sus brazos y piernas caían inertes sobre la roca y sus ojos eran consumidos por la luz de la luna. Fijo en el astro, no se inmutó cuando dos sombras comenzaron a rodearlo y sus risas parecían burlarse de él. Una voz le susurró:
- ¿Así que él era tu propia sangre? ¡Ja! Nadie se burla de un brujo. El era mi esclavo y ¡mi hijo!. Pero como dices que era tu propia sangre te la doy, es tuya.
Y el brujo elevó un recipiente sobre la cabeza del viejo y vertió el líquido sobre su rostro.
-Bebe, bebe tu sangre, y ahora me servirás tú.¡Maldito!
Su risa se propagó por todo el bosque iluminado por la luna llena, mientras la sangre invadía el cuerpo del viejo, cuya vida huía vanamente hacia aquella imagen querida, que se esfumaba junto a su libertad.
viernes, 30 de noviembre de 2007
Sol de Medianoche
Cierra los ojos
La muerte será sólo un suspiro
Abriremos la puerta y el camino brotará
Mientras los deudos retornarán a sus raíces.
Florecerá de mi sombra tu sombra
Como hija del engaño
A que la luz del día nos somete.
Y juntas caminarán hacia la noche
Cubiertas del frío
Con el alma ardiendo y el cuerpo desgarrado.
Nos sentaremos al pie de la colina
Divisaremos la cruz a la distancia
Y repetiremos su signo fatal
Para despedirnos del deseo y de la carne.
Y regresará el sol hasta nosotros
Para quemar los últimos recuerdos
Y dejar tras nuestros pasos
Su letra de ceniza y podredumbre.
Los gusanos dibujarán su figura
En la profundidad de la desolación
Exprimiendo de los restos inmolados
La gota que deshará la maldición que hemos vencido.
Sellará el viento nuestras bocas
Con el hálito de los muertos que por nosotros volverán
Que pisarán nuestras huellas en la niebla a medianoche
Cuando la luna se quiebra y el sol se decanta.
martes, 30 de octubre de 2007
Evocación
Dime, látigo de navajas azules
con qué oscuras tierras limita tu inocencia
en qué guaridas esculpidas al sol
detiene tu golpe su secreto
en qué aguas has de morir envenenado.
Las manos desgarradas un día
de tanto querer asirse al cielo que se entorna
cubren el párpado trizado del verdugo
y a la lámina sucia de su frente raída.
Hasta allí llegas, como un ladrido remoto
adornando de restos tu hálito vehemente
en la parada del astro que huyó de los orígenes
avergonzado de su urdimbre casi humana.
Bajo el ardid de las colinas derruidas
hacinado en catedrales sumergidas en la sal
se corrompe el grito inveterado
como una corriente de inusitado ramaje
encadenada a su árbol de la muerte:
muda nave anclada en la agonía.
Hay un aire de cuerpos perdidos
que aún no despiertan de su sórdida condena
a las que los gusanos se entregan solícitos
como a una encomienda divina.
La noche parece vagar hoy entre los días
arremetiendo con sus lunares azules
contra el fresco de negras laxitudes,
una profecía que bien podría dormir eternamente
si un cadáver de ángel no anunciara
al asesino errante
que persigue desnudo de sus llagas
la roja cárcel del destierro.