miércoles, 2 de noviembre de 2011
El revés de los símbolos
Mujeres arrodilladas vuelven al Padre
Y su demonio sabe por qué, por qué caminos
Han trazado su búsqueda en las noches.
La pieza se entreabre
Escapan los cuerpos anudados a las sábanas
Y allí tienes las nubes abrazadas
Amándose sanguinolentas en un abrir y cerrar de ojos
Entumecidas en el atardecer lento de nuestras reliquias.
Yo he amado, he desfilado ante el Calvario
He mirado de revés los símbolos, he escuchado las llamadas
Y he atendido cada gesto profano
Que alguna llave ha abierto para mi en la tempestad.
Y aun así se esconden los anversos, las caras desgarradas
Los senderos entre los crucifijos y los monstruos de sus moradores
Y los ángeles que se desperdician al fondo de los pozos
Ahogados en la podredumbre de un día repetido.
Oh, no hay pérdida, no hay retiro, asilo ni partida
Como ese círculo de abominación triturando almas
Arrastrándose entre los juzgadores y los santos
Entre todos los corrompidos y sus hijos
Porque nadie sabe quién es juzgado
Y levanta el martillo al terminar.
Nadie conoce su verdugo
Hasta que su sangre se fuga entre sus pies
Para volver a correr hacia la cumbre.
Si, constreñidos, enfermos, impotentes,
No hay voces que oír antes de callar
Sólo un retazo, una pista del revés del cielo reencontrado
Perfilando su mazo, cediendo ante la muerte
Para cerrar la fiesta terrible del amanecer ante su tumba.
lunes, 31 de octubre de 2011
La iglesia de piedra
Perpetuando los surcos
de la helada noche desplegada en los párpados
robando a la tierra rastros milagrosos
ánimas entre las olas y los muertos
yendo y viniendo sobre sí mismos
como el regreso del padre a su guarida solitaria.
Porque con la venia del señor
sus vidas fueron cercenadas
y abierto nuevos surcos, nuevas figuras en las rocas.
Y el peregrino que arrecia con la alta marea
bajo los espinos y el sol de medianoche
contra el silencio y el abandono
de los diversos círculos que cierran las aguas:
al fondo, al fondo de las marcas
niños, hombres y mujeres devorados
sombras contra los túneles de sombras
peces dibujando cruces, fantasmas persignándose
en el reflejo salado de su espejo,
los caminos que se fugan a la profundidad del mar
abriéndose paso entre las frías rocas
como el último suspiro
del entumecedor abrazo de la madre en su hogar abandonado.
jueves, 29 de septiembre de 2011
El pais de las certezas
Antes de la fuga de tu cuerpo?
¿Y sus calles mezclaban debidamente la tierra
Con el trazo de espejo que tu suerte esculpió?
Dios, no nos acompañes, le dijimos.
Agitados entre microbuses y carruajes
La luz serpenteaba como pámpano en la bruma
Yo me escondí de ti y la isla naufragó
Desconsolada contra un mar de desterrados.
La población siempre aguarda, sus calles sucias
Su temor mezclado del vino de la fiesta
El río muerto que algunos aun llaman Andalién
Y que poco antes fue Mapocho, Rahue o El Leteo, que más da.
Siempre los cadáveres se avizoran al despegar la tarde
Y los peces esparcen su semilla afrodisíaca
Bajo los sauces matutinos.
No lo esperemos, no nos llevará su corriente a ningún reino
Ni su huella marca el signo de algún ángel.
La bella Kalapa existía frente a tus ojos
Y yo la vi palidecer, sanguinolenta, ante las cruces.
Fuego, sagrado fuego fatuo de las calles
Los pasajes mugrientos que nos regresan el alma
Los pasadizos y plazas vacías, los niños ahorcados en sus cimas
Las aves cazadas, los edificios, los terribles y grises edificios.
Esperemos algo más de esta guarida, de este refugio al fin del mundo
Porque no habrá para mi más consuelo que sus ruinas
Y la alegría del viento marino, y esta risa, y tus juegos de infancia.
domingo, 25 de septiembre de 2011
Sin corazón
Asomado a mi brazo, retorcido en mis entrañas
Y mi boca hablaba sin hablar, de muchas cosas sin palabras, mudas,
Mientras mis ojos se perdían en lo profundo
En el profundo nudo de su desnudez.
Tenía el ligero presentimiento de haberlo vivido antes
Cuando tomé sin más mis brazos caídos
Mordí mi oreja y lamí mi frente
Pero después de caminar sobre mis ancas caí
Caí precipitadamente sobre la calle, en pozos sin fin ni principio.
Cerré todos los poros abiertos como grifos
Lancé mis agallas al mar para que regresaran a mi bilis
Y dios sabrá porque lo hice, lancé mi genitales al aire
esparciendo su semilla por el mundo.
Descubrí cuan importante es la armadura
Cuanto sentido tiene el hueso en la carne, la carne en la piel
Cuanta fuerza tiene la piel como límite arbitrario
Entre los muchos senderos que pueblan la tierra.
Pliegues de venas se intentaban arrancar
La sangre pintaba de negro los salones engalanados
Y al final del día, al final de esa migaja del tiempo
Desplegué todas mis alas endiabladas y con el pellejo a cuesta
Volé, despegué como un gusano alado, un murciélago sarnoso
Con nada más que un vacío de aire envenenado
Que había pujado largamente por salir.
Dedicación Exclusiva
No se trata de cegar completamente las ventanas
De despedirse sin más del cerebro y sus recovecos
Sino consumirse de modo absoluto y abstracto
Por unos momentos siquiera
En detrimento de todo menos de la vitalidad.
Porque si llegara el fin de día,
Si se cerniera la noche como un sucio manto deshauciante
Apesadumbrado, colérico como un retroceso
Pues bien acabaría todo por el suelo sin venderse.
Mas bien se trata de caminar un túnel, sin luz ni sombra
Asomarse a veces al espejo, eso si, quien no,
Pero nada más, ni respirar ni pensar
Planificar si, para después de muerto
Para después de la resurrección
Cuando por fin sea posible exhalar y reírse un poco del trajín,
Antes que vuelva, eso si, recordarlo,
Que ha de volver, si que mejor
Aprovechar los segundos.
domingo, 26 de diciembre de 2010
Petrificados
La muerte nos esquiva en la ciudad,
Los vehículos palidecen agobiados,
Las calles se entrecruzan sin remedio,
Las plazas nutren la siembra de los juegos
De los niños que no brotan.
De la mano, atascados en el tránsito
De figuras ya atadas, de simulacros
De un fuego que no arde pero quema
Hasta cosechar rabiosa sus cenizas.
Ya no hay parques, ni árboles sacralizados,
Tampoco llanto que alimente la pérdida inhumana
La ciudad ha tendido sus encantos
Y nos ha encadenado a sus rincones.
Pero hoy, sólo hoy
Puedo decirte al oído
Tras la próxima esquina, salvajemente,
Allí donde nos cruzamos sin conocernos
Asomados entre la lluvia de los años,
Una canción a medio hacer,
Esa melodía que viene y viene y no se atreve a nada
Esa que dice en su ingenua necesidad
Que si alguna certeza he de tener
Ha de ser tu sonrisa esparciendo su verdad
Pontificando en tu nombre como un simulacro de ese cielo
Que no nos recibirá con lágrimas
Porque la maldición nos seguirá, como cantara Kavafis,
Y mas allá de la certidumbre de la vida
Estarán estas misma sombras,
Estos laberintos de piedras, estas mismas calles.
En paz
Su hondura de calor tibio, imitando una caricia
El alimento de los saurios que en sus cavernas duermen
Esperando otra estrella, la partida de las bestias.
Ángeles cercenados se aferran a los huesos
Alguien vela a cada muerto en la ciudad
Porque nadie merece en el frío nocturno el desconsuelo
Sanguíneo a veces, rociando sus huellas dolorosas
¿quién no necesita esa paz terrible
astillada de esperanzas ahogadas, enjauladas en su ensoñación?
Besa a quien no lo merezca, a quien reniegue de tu sangre
Humíllate ante el ídolo de tus enemigos, acaricia hasta la última herida
Cuando su vaso derrame transparencia
Cuando no sea capaz de contener otra gota de lluvia
Entonces los rayos diamantinos de su cadáver iluminarán.
Sólo cuando el ojo sangre el color de sus visiones
Cuando la cordura pierda toda sensatez
Entonces brotará la paz de los moribundos
La eternidad del desalojo cubierta de nieve negra.
Los suspiros tendrás su corona al final de la calle
En el pasadizo hacia la bruma, sendero fatal,
Callejón hacia la inmovilidad fría y plena
Donde ya no importa la muerte o la vida que de ella pende.
Paz de ausencia de desvelos, latidos que despeguen de los pechos,
Pequeños temblores que apagan su obsesión
Solo un dios podría acallar a todos ellos,
Solo la paz no esperaría jamás una respuesta.
Sólo paz al final de los témpanos
Cubriendo de plata a sus sombríos habitantes.
Fin de día
Cuando vuelvo y no pienso más que en lanzarme contra el suelo
Cobrar todas las culpas, llorar los dormitorios, mirarme por el reverso.
Cuando la ciudad no lleva más que a sí misma
Y hasta el más repugnante pasaje es un laberinto sin nombre.
En fin, cuando acaba el día de su propio malestar
No voy al baño y le cuento los secretos a la sombra
No soy el pedazo de rutina encadenado a una silla o una frase repetida cien, mil veces.
No soy en ese instante nada bueno que merezca un poco de piedad
Una limosna que da el día a la noche en señal de abandono.
Soy el despojo de una máquina que ha parado de matar
Y cobra sus facturas a los zombies que merodean su guarida nocturna.
Porque teníamos razón en colgar nuestros cuellos a las ramas de los sueños
Como si despertar fuera morir y luego dormir eternamente.
Ya nada cumplió su ciclo y el cliché de los años ha hecho su parte.
Maldigo, cansado y harto el arma que no disparó su arte contra el suelo,
Urdió su pelaje gastado y se lanzó a la selva a cazar sus estrellas.
Hoy, por hoy nada, nada urge tanto como descansar
Y no quiero mirarte asaltada en la televisión
No quiero saltar una orilla de la cama y esperar desconsolado el pronóstico del tiempo.
Cuando ya no doblé la esquina, no utilicé mi equipaje,
Cuando el vehículo chocó contra su dueño, quizá más duro que aquél,
No queda más que beber hasta la última gota del veneno casero,
Ese placer culpable agolpándose atrás de la puerta,
Mirarse luego a la ventana
y simplemente gritar de puro gusto que el sol tiene ese maldito afán por asomarse cada ciertas horas.
Con las cuchillas clavadas
Con las cuchillas clavadas
Arrancando del ruedo
Las voces que vuelan de sus marcas silenciosas
En un rodeo largo a la ciudad difuminada.
La música es un golpeteo de tambores lacerantes
Funerales que alegran la noche con sus sonrisas apagadas.
Ebrios de tanto andar, de látigos amarrados
En esa huella fingida que alguna vez quisimos nombrar
Nadie jamás lo recordó y mejor fue así...
Ni las lunas desperdiciadas al amparo de la fuga
Ni la locura aplacada por un sol autoritario
Que impone sus verdades a la luz de la mentira.
Cuanto da ya ahora, espantada la aurora
Al punto que ninguna sombra tiene miedo de alumbrar.
Paso a paso, las vertientes rotas de esas promesas
Éxtasis no debidamente ofrendado,
Nos vierte su sed como migajas en el bosque.
Tomar otra vez esa calle ahogada
Ese responso en el carruajes de los huesos
Que empuja sin cesar su luto
Hacia la imagen derrocada del placer.
Nubes hoy se sacrifican en el cielo negro
Para que su astro esta vez nos siga
Y guíe nuestra pérdida bestial al más profundo pozo
Que nuestros dedos descarnados pudieron cegar.
jueves, 20 de mayo de 2010
Robots Enjaulados
Fierros y cemento, ruido demencial
Golpes de hachas y sangre agitándose,
Si tan solo lloraran...
De pronto en la inmensidad del frío metálico
Una voz artificial reza en su cadalso
Un fantasma de hombre se oculta en el regazo
Pesadilla de su huésped ataviado de cadenas.
Cadáveres, cadáveres, pedazos de niños cubiertos de recuerdos
Padres rotos, ciudades sin fin ni principio, un automóvil ardiendo.
Funerales en la noche, deudos intentando rescatar algo
De ese reciclaje automático, desde los siglos de los siglos,
Flores inútilmente mutiladas.
No puede haber algo tibio en el reverso de las ruinas
Agolpándose siquiera como ligeras siluetas
Remembranzas de viejas películas o cuadernos añosos.
El mundo partió sin dejar recuerdo, y acá sólo escarban
Sus huesos royendo hasta la última partícula de carne.
miércoles, 19 de mayo de 2010
Un juego de adivinar
De adivinar que hay a través de los días ciegos
Que enmudecen sus sentidos por quererte contemplar
Por retener el acento que el silencio tuyo no deja que brote.
De adivinar si esto es un juego de sombras
De provocaciones al final de la tarde
Cuando nadie reconoce sus caminos y las miradas se entrecruzan agotadas.
Porque nada impide descubrirnos y aún así nos esforzamos por negarnos
Por caminar lentamente en la infinitud de un tiempo prestado
En el que mis segundos se agolpan a los tuyos eternizándolos.
Adivino una respuesta, el último día de este mundo
Cuando perseguidos las vidas se entreguen a sus sombras
Cuando ya no haya motivo imaginado porque ya no habría ni tiempo ni lugar
Cuando el azar sea lo único posible
Y tras ese juego de adivinarnos en el ocaso
El mundo se parta mientras nos abrazamos
Y un nuevo cielo nos cubra de su renovado ímpetu.
Este juego, de guiños que se ahogan,
Que hunden luego su carga de deseo en el rabillo del ojo,
Puente abismal que lo mismo pueden llevarnos al contacto o a callar
Este juego que nos cansa, este tesoro escondido en el borde del absurdo
Nos invita a mirarnos una vez más, y otras tantas,
Para reconocernos al final del día, exhaustos,
Siendo un extraño reflejo en una mirada desconocida.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Atardecer del Quinto Sol
Ni la fulgente razón de los dichos de los muertos.
La caída tiene su propio latido
Espuma que va y viene por cada ofrenda moribunda
Por cada beso derramado en la corona dolorosa
Por cada pan abierto en señal de bienvenida
Porque la raíz pare su fruto negándose ella misma
Y todavía así nos entrega su dulzura.
Caerán todos los astros en nuestras manos rotas
Cogeremos sus pedazos para atarnos a sus cadenas celestiales.
No habrá nube ni anuncio ni partida.
Morirá el astro ante nosotros
Dentro de cada vaso beberá su muerte nuestra sed
Cada copa alzará su sangre desnuda, aún tibia
Esperando el amanecer cargado de difuntos.
No podía ser otro su nombre
Luna o sol que perece en sacrificio
Porque el llanto del mesías morirá en el regazo de su propia noche
Y tras dormir abrirá sus ojos y veremos por primera vez el mundo.
martes, 22 de diciembre de 2009
Amenaza: Pronto lanzamiento del poemario “Patéticos Amaneceres”
De lo dicho se desprende una paradoja evidente: pese a mi esfuerzo jamás me serán completamente extraños esos poemas. Así, cada vez que enfrentando a sus defectos los pulo poseso del afán del artesano, creo estar atentando no contra el poema, sino eso otro que fui y que agitado por otras olas naufragó con su maldición de versos. Y ese vaivén me cansa, no me motiva sino más bien me ahoga y repugna.
El desdoblamiento del creador me angustia a veces, esa conciencia, tan humana, más si debo ser corregido y corrector, insulto y eco, creador y destructor. En ocasiones, intento subsanar la contradicción con la lectura de verdaderos escritores, para escapar de mi miseria, empaparme de sus visiones y así auscultar más certeramente las mías, pero bien sé que soy un pésimo lector y que los pocos libros que he leído casi nunca los termino. Mi aislamiento vital, a su vez, me han privado de la sabia crítica de un poeta o lector.
Empezaré con una edición en internet en formato pdf, con los 21 poemas que hasta el momento he seleccionado. El primero de ellos lo escribí hace más de 10 años y el último hace unos pocos meses. Creo que a fin de año estarán en condiciones de ser subidos a mi página en internet, donde ya han sido expuestos varios de ellos. Ahora bien, si alguna vez el Derecho es capaz de colocar unos cuantos panes en la mesa de mi hogar, efectuaré una publicación “física” autoeditada con un tiraje menor, lo bastante como sentir la satisfacción de tenerla entre mis manos y, luego de haber calmado ese prurito del ego, lanzarlos al fuego familiar a la luz de las estrellas.
martes, 23 de junio de 2009
Autumnalia III
Alegría de la lluvia durmiendo en la esperanza del frío
Mirando la orilla en que el mar se sacude en la tormenta y despierta.
Despierto entonces y no puedo sino amarte
Desesperadamente alzar tu cuerpo helado aún,
Despejar tu rostro de las hojas, en disputa con el viento,
Acariciar tu rostro escarchado
Bebiendo de sus gotas hasta verlo florecer
En el nido que custodia la arboleda desnuda.
Frío,
La calidez a la que hemos renunciado,
La ciudad no arde como deseamos a veces
Entre recuerdos olvidados y vino a medio beber,
No fuimos bendecidos, pensamos,
Atados uno al otro por el hielo de la aurora,
Aún así, frente a frente, entumecidos,
El río caudaloso de tu mirada fecunda la mía
Anunciando la primavera a poco de la siembra.
Lluvia,
Celebramos cada día su llegada
Como la de un nuevo hijo,
Enternecidos con sus primera palabras,
El balbuceo de las gotas que contagian su humedad
Como jalando de fantasmas su ausencia casi eterna.
Hojas,
Que dibujan dolorosas el camino del sepulcro
Desviando en cada muerto su sagrada ruta
Acabando en nuestros ojos en solsticio
En que tras brillar
Los párpados que caen son a un tiempo
El otoño que adormece y el invierno que ya sueña
miércoles, 24 de diciembre de 2008
En el alargue
Este año más que nunca he ido al estadio. He seguido fielmente a mi equipo a buena parte de sus partidos de local. Un año difícil, sin grandes logros, en que apenas se ha conservado la categoría. En el partido final se ganó la liguilla de promoción y los numerosos hinchas que asistimos (no somos muchos pero más que varios otros de primera división y más de lo que la mentira interesada dice) aplaudimos al equipo tras el pitazo con que concluyó el lance. Entonces, en esa despedida final, con esa satisfacción de que a pesar de ser un año difícil se sobrevivió, confirmé aquella sensación que me acompañó con cada vez mayor intensidad estos últimos meses: también había tenido un año difícil y al final había sobrevivido. Había salvado el año. Es un lugar común afirmar que el fútbol es una alegoría de la vida. Pero ello me pareció más cierto este último tiempo. Cada vez que veía los sagrados colores auriazules esparcirse en el campo de juego era mis propios fantasmas luchando contra sus sombras, y el arco contrario era el espacio consagrado por un instante a la alegría. Al final sobreviví y celebré el triunfo de mi equipo. Con optimismo deberá armarse el equipo para el próximo año, dosificando las fuerzas y dispuesto a avanzar con ímpetu a la meta, sin ceder ningún espacio al equipo rival, esas sombras que mis propios jugadores proyectan sobre la cancha en el partido interminable.
miércoles, 1 de octubre de 2008
Abriendo una flor
sábado, 16 de agosto de 2008
Sin solución de continuidad
Echó antes una ojeada. Segura, empezó luego a caminar hacia un destino que no tenía claro pero que adquiría forma a medida que se aproximaba a él. Era una animita. Su mirada comenzó a divisar las borrosas líneas que enlazaban su cuerpo con lo que la rodeaba, sin solución de continuidad. Una continuidad entre sus dedos desnudos que estiraba para acariciar la helada loza del altar y aquella frialdad. La división apareció más bien como un invento para avanzar, más no trascendía. La gelidez todo lo inundaba. Así como solía caminar, pensó, nuevamente buscaba plenitud sabiendo de antemano el fracaso de esa búsqueda en el marasmo de aquella única sensación. “Pero se camina aunque sea un viaje sin destino. Un camino circular”, leyó en voz alta.
Arrodillada ante el pequeño altar, se persignó. Tomó otra vez el viejo escrito y leyó :
“Todo viaje hacia lo sagrado no es más que una peregrinaje hacia el abismo del propio espíritu. Si una luz dibuja sus contornos con mayor claridad, es la encarnación de deseo por la plenitud. Dios no es más que aquella parte de mi que aspira vanamente a lo Absoluto”.
Tras esas palabras sintió el viento frío atravesando con más fuerza su cuerpo. Asomó entonces frente a ella el escenario, aquel paisaje difuminado contra la oscuridad de un mundo incierto en el reverso de las sombras, que jamás se le habría de revelar. Aquellos espectros nada debían importar para ella, eran seres de un mundo imposible. Pero si ella era quien latía en cada cosa, las preguntas no terminaban de agobiarla. ¿Por qué había sido condenada a tal castigo? Miró la humilde animita, a cuyos pies había un sucio florero colmado de claveles secos. Leyó una vez más. Ella era el muerto atado al recuerdo. Sus sentidos ahora no eran capaces más que del absurdo, del ahogo bajo metros de tierra que unas cuantas palabras ordenaban y que le impedían emerger tras el sacrificio. Se esfumó de golpe el viejo escrito para ir a posarse a otras manos: un nuevo clavel seco adornaba el santuario, dando gracias por los favores concedidos.
miércoles, 9 de julio de 2008
Desde el vacío
Mira. Antes aquí no había nada. Tan sólo la ausencia, ni siquiera eso... Hasta que fui, tomé unos instantes, dibuje en el espacio blanco unas rojas palabras... y fuiste. Por fin, ante mi, ideal, dulzura sin recuerdo ni esperanza, atada a mis dedos aún. Y te miré sin miedo, como el espejo me mira en las mañanas, aún después de la pesadilla, y no eras ni más ni menos que una parte de mi. Me fijé entonces en aquello que nos unía, esa tímida membrana que el fragor del viento amenazaba separarnos, y pensé noches enteras en si era capaz de romperla. Una noche, por fin, te miré a los ojos: bastaron unas cuantas palabras para entendernos. Tomé esta hoja en blanco y fuiste plena. Entonces comprendí la dureza del sacrificio: para abrazarte requería apartarte de mi. A la luz de la luna no sobraron caricias, la luz crepuscular bañó tu cuerpo en agonía. Pero la tragedia nos sujetaba también a sus leyes.
Llegó entonces el momento temido: al amanecer de un día desierto, apenas comenzado el sueño, partiste, sin decir palabra, mientras yo aún no pensaba en despertar, y me abandonaste.
Sólo dejaste junto a mi, el sabor que te recuerda, y esta hoja en blanco que todavía trato de llenar.
jueves, 19 de junio de 2008
Autumnalia II
En el principio
Sólo estaban tus manos, en señal de despedida
Abiertas liberando su calor al otoño
Hojas sostenidas por un frágil instante
Esperando que el viento las llevara tras de sí.
Caminábamos entre los charcos
No decíamos nada por temor a que la lluvia
Empapara nuestros labios y el sabor nuestro se perdiera
A que el beso se borrara de los rostros como una gota que cae
Y no brotará más que el frío de su ausencia.
Entonces el bosque se perdía entre nosotros
La ciudad gastada se esfumaba en la neblina
Y debíamos juntos guardar ese tesoro
El fuego natural bajo mantos de cenizas
En nuestra piel ardiendo apenas.
Fuimos más que toda aquella tempestad
Las nubes reflejaban su color
Hasta aquel comienzo teñido del crepúsculo
Que selló para siempre el refugio del invierno.
En el principio
Sólo estaban mis manos, esperando tu partida
Pero el viento trajo las tuyas como hojas
Para que en la fragilidad de sus sentidos
Oculten el vacío de los míos.
martes, 10 de junio de 2008
Equinoccial
Que la noche sirve de un sórdido brebaje
Veo la mórbida luz del otoño
Amaneciendo en la frontera de los sueños
Esos que despertarán cuando mi sombra no sea oscura
Sino desnuda cara al sol
Su único recuerdo.
Bebo a sorbos aquella sangre
Tibia, ácida, como el fruto mineral
Que desde el árbol del abismo
Lucha por brindar su resplandor
La corona que la tierra teje entre penumbras
Para ser cosechada en la estación de la agonía.
Los reyes lunares sirven nuevas copas
El vino ciega con su pavoroso dulzor
Las bandejas se llenan del color del sacrificio
Rojo es el camino que recorro
Rojo son sus vertientes sin destino.
Al final de la ruta el cadáver acecha
Con su rostro pálido, sin aquella sangre
Untado en tierra, en barro, en dolor,
Nos pedirá la lluvia que llevamos a cuesta
Por toda la sangre que escanciamos
En un juego macabro al calor de las estrellas.
Se cierra la fiesta de los muertos
Con la última gota envenenada
Nace para mi su cruz de labios tenues
Aureola que ilumina la copa vacía
Contagiada del rocío otoñal
Que guarda su secreto iluminado
Hasta el próximo equinoccio